miércoles, 14 de diciembre de 2016

Acepté el reto…



Porque yo elegí vivir, acepté el reto…

Si te diste una vuelta por el post anterior, sabrás que vengo hablando sobre el camino de la búsqueda interna y que el yoga fue el primer coqueteo con ese camino. Con el panorama un poco más fresco, confieso que me refiero a este tema como “aceptar el reto” porque inicialmente, yo no estaba buscando adoptar una nueva filosofía de vida ni nada por el estilo. Quería adelgazar y darle movimiento al cuerpo con una actividad de bajo impacto, que minimizara el riesgo de lesiones, tomando en cuenta que toda la vida había estado huyéndole a los deportes y gimnasios y que hacía 8 años me habían operado ambas rodillas porque mis ligamentos estaban bastante más estirados de lo habitual.

En fin… lo que empezó como la práctica de una “actividad física” que me causaba curiosidad desde hacía bastante tiempo, terminó convirtiéndose en un hábito necesario, tanto que yo misma me impresionaba ante el hecho de no faltar a ninguna clase a pesar del mal tiempo o incluso minimizando cualquier malestar que sintiera. Las condiciones eran óptimas: un grupo pequeño (de máximo 8 personas cuando estábamos todas), cerrado (en el que todas eran familia o amigas y la única externa era yo), en un espacio privado (salón de fiestas de un edificio de apenas 3 pisos) y con un profesor de esos que te motivan, te inspiran y que quisieras que hubiesen más regados por el mundo… No tenía nada de qué quejarme.

Fue así como mis lunes y mis miércoles se convirtieron en intocables porque eran los días de yoga. Empezar no fue fácil y en poco tiempo se transformó en un reto. Cuando conocí al resto del grupo y supe que estaba entre las dos más jóvenes de la clase, pensé que sería pan comido. ¡Qué equivocada estaba! Ciertamente, yo era de las más jóvenes, pero ellas tenían más experiencia. Fue después de varios meses que César -mi adorado profesor de Yoga-, me hizo ver que en mi práctica reinaba la inmadurez y el ego al buscar posturas perfectas y ser la más flexible de la clase y me recordó que yo no estaba ahí para “verme bonita” ni competir con nadie sino para conectarme conmigo misma y permitir la liberación a través de la práctica constante. Cuando te hacen un llamado de atención así, sólo te queda reflexionar al respecto o seguir dejando que en ti, reinen el ego y la inmadurez.

Me decanté por la primera y decidí entregarme en las clases, simplemente dejar que las cosas fluyeran. Extrañamente descubrí que mientras más dejaba de forzar las cosas, mejores resultados obtenía y me refiero a que fui entendiendo que no tenía que obligar a mis músculos y articulaciones a llegar a una postura -como si se pudiera- sino que la respiración me iba permitiendo avanzar hasta que sabía que era suficiente por ese día. Cada vez fue teniendo más sentido eso de que tenía que escuchar a mi cuerpo. Cada vez fue teniendo más sentido eso del “aquí y ahora”. Escucharme estaba resultando ser un reto mucho mayor que el de practicar yoga.

Porque yo elegí vivir, acepté el reto…



Moni

lunes, 12 de diciembre de 2016

Empezó la travesía...



Porque elegí vivir, empezó esta travesía...

Y es que, desde hace un tiempo he estado en la búsqueda de un cambio, de una mejora, de un algo que no sabía qué era, cómo buscarlo, ni dónde encontrarlo. Quizá estaba tan perdida en esa búsqueda, porque sí, no lo niego, estaba relativamente cómoda en el lugar que estaba y me había acostumbrado a eso. No, no me había acostumbrado, me había conformado con lo que tenía, con lo que era mi realidad.

El panorama era el siguiente: casi 27 años, soltera, con una profesión (Educadora), un trabajo estable en uno de los mejores colegios de Caracas y ajena, en el sentido literal de la palabra, a muchas de las penurias por las que, ya en ese entonces, pasaban la mayoría de mis coterráneos. Sin mayor posibilidad económica de independencia, me sentía tranquila y segura en la que siempre había sido mi casa  -la casa de mi mamá, realmente-, no cargaba mayor preocupación a cuestas. Además, me hacía profundamente feliz dar clases y contrario a lo que la mayoría suele pensar acerca de mi profesión, la valoro, disfruto ejercerla y la volvería a elegir.

Aunque por mucho tiempo todo engranaba, el 2014 me miró a los ojos con el dedo índice levantado y ¡POW! Reventó mi burbuja. En pocos meses, muchas de las personas que se habían vuelto importantes en mi vida, empezaban a desaparecer, al menos físicamente, de mi entorno. Ese año, luego de las protestas y las guarimbas, se recrudeció el tema migratorio y esta vez tomó partido en mi círculo inmediato: los primeros fueron mi hermano y su familia, después mis amigos de colegio, algunos de la universidad y varios exalumnos. A todos los despedí con la esperanza de otro abrazo y más sonrisas y en medio de esa agria contradicción entre la alegría de saber que estarán mejor a donde van y al mismo tiempo, la sensación de vacío por la falta que me harían.

Hoy sé que la tristeza que prosiguió a tantas despedidas, quizá pudo ser más que sólo tristeza, si tomo en cuenta que, en general, casi siempre estaba desanimada, no quería salir, se me extraviaron la dulzura y la empatía, me aislé, y sólo encontraba refugio en el trabajo. No se me hizo necesario ir a un psicólogo, hasta que la -adorada- orientadora de “mis niñitos” en el colegio, me preguntó si todo andaba bien y yo sólo me eché a llorar. Nunca busqué apoyo adicional, más que las esporádicas conversaciones que tuve con ella. ¡Gracias mi querida Ruka!

Si te preguntas cuál es la finalidad de toda esta historia, pues es que en medio de tantas emociones, “algo hizo clic” y el engranaje dejó de funcionar. Así de simple. Ya no andaba más. Estaba como atascado. Fue ahí cuando entendí que, aunque no supiera qué estaba buscando, no podía quedarme parada sino que tenía que actuar, porque como dijo Einstein: "Si quieres resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Tenía que hacer ajustes y fue así como, sin saberlo y -casi- sin buscarlo, llegué al camino de la búsqueda interna y el primer paso fue: el Yoga.

Y empezó la travesía…



Moni

domingo, 11 de diciembre de 2016

Porque yo elegí vivir...




Porque yo elegí vivir, escribo estas líneas y confieso, lo hago sin ninguna pretensión. Si por casualidad alguien pasa por acá y decide tomarse unos minutos para leer lo que aquí comparto… ¡Bienvenido seas!

Me parece justo, válido y hasta necesario, aclarar que la motivación principal para empezar a escribir estas líneas es la necesidad de dejar salir mucho de lo que tengo atrapado entre pecho y espalda, por lo que el contenido de este blog, es absolutamente personal y no pretende juzgar o disminuir las opiniones, decisiones y experiencias de otros, sólo compartir las propias y que quien se sienta identificado, sepa que hay alguien más que ha sentido lo mismo. Contrario a lo que  muchos hacen para evadir lo que sienten (correr, cantar o beber, entre muchos otros), yo he decidido escribir para conectarme conmigo misma y reconocer lo que estoy sintiendo. Me hace sentir viva el saber que -por fin- estoy encargándome de mí, escuchándome y descubriéndome.

¡Es cierto! Todo lo anterior suena absolutamente personal y sí, lo es. Por ello, puedo adelantarte que este blog será un reflejo de mí, de mi proceso y de quién soy: emociones, ideas, anécdotas, dulces, frases, fotografías, lugares… estará lleno de momentos hechos palabras. Estoy decidida a que este pequeño espacio muestre un poco de mi mundo, que como el de todos los seres humanos está lleno de matices, de luz y de sombra.

Si por casualidad estas allí, leyendo esto, te recuerdo que cada día es una oportunidad para hacer que los matices de nuestras vidas sean cada vez más brillantes.

Para finalizar, aunque suene contradictorio, este es apenas el inicio. Quien quiera que seas: ¡Bienvenido a mi mundo!



Moni