Porque elegí vivir, empezó esta travesía...
Y es que, desde hace un tiempo he
estado en la búsqueda de un cambio,
de una mejora, de un algo que no sabía qué era, cómo buscarlo, ni dónde encontrarlo.
Quizá estaba tan perdida en esa búsqueda, porque sí, no lo niego, estaba
relativamente cómoda en el lugar que estaba y me había
acostumbrado a eso. No, no me había acostumbrado, me había conformado con lo que tenía, con lo que era mi realidad.
El panorama era el siguiente: casi
27 años, soltera, con una profesión (Educadora), un trabajo estable en uno de
los mejores colegios de Caracas y ajena,
en el sentido literal de la palabra, a muchas de las penurias por las que, ya en ese entonces, pasaban la mayoría de
mis coterráneos. Sin mayor posibilidad económica de independencia, me sentía tranquila y segura en la que
siempre había sido mi casa -la casa de
mi mamá, realmente-, no cargaba mayor preocupación a cuestas. Además, me hacía
profundamente feliz dar clases y contrario a lo que la mayoría suele pensar
acerca de mi profesión, la valoro, disfruto ejercerla y la volvería a elegir.
Aunque por mucho tiempo todo engranaba, el 2014 me miró a los ojos con el dedo índice levantado y ¡POW! Reventó mi burbuja. En pocos meses,
muchas de las personas que se habían vuelto importantes en mi vida, empezaban a
desaparecer, al menos físicamente, de mi entorno. Ese año, luego de las
protestas y las guarimbas, se recrudeció
el tema migratorio y esta vez tomó partido en mi círculo inmediato: los primeros
fueron mi hermano y su familia, después mis amigos de colegio, algunos de la
universidad y varios exalumnos. A
todos los despedí con la esperanza de otro abrazo y más sonrisas y en medio
de esa agria contradicción entre la alegría de saber que estarán mejor a donde
van y al mismo tiempo, la sensación de vacío por la falta que me harían.
Hoy sé que la tristeza que prosiguió
a tantas despedidas, quizá pudo ser más
que sólo tristeza, si tomo en cuenta que, en general, casi siempre estaba
desanimada, no quería salir, se me extraviaron la dulzura y la empatía, me
aislé, y sólo encontraba refugio en el trabajo. No se me hizo necesario ir a un
psicólogo, hasta que la -adorada- orientadora de “mis niñitos” en el colegio,
me preguntó si todo andaba bien y yo sólo me eché a llorar. Nunca busqué apoyo
adicional, más que las esporádicas conversaciones que tuve con ella. ¡Gracias mi querida Ruka!
Si te preguntas cuál es la
finalidad de toda esta historia, pues es que en medio de tantas emociones, “algo
hizo clic” y el engranaje dejó de funcionar. Así de simple. Ya no
andaba más. Estaba como atascado. Fue ahí cuando entendí que, aunque no supiera
qué estaba buscando, no podía quedarme parada sino que tenía que actuar, porque
como dijo Einstein: "Si quieres resultados
distintos, no hagas siempre lo mismo”. Tenía que hacer ajustes y fue así como,
sin saberlo y -casi- sin buscarlo, llegué al camino de la búsqueda interna y el primer paso fue: el Yoga.
Y empezó la
travesía…
Moni
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