lunes, 12 de diciembre de 2016

Empezó la travesía...



Porque elegí vivir, empezó esta travesía...

Y es que, desde hace un tiempo he estado en la búsqueda de un cambio, de una mejora, de un algo que no sabía qué era, cómo buscarlo, ni dónde encontrarlo. Quizá estaba tan perdida en esa búsqueda, porque sí, no lo niego, estaba relativamente cómoda en el lugar que estaba y me había acostumbrado a eso. No, no me había acostumbrado, me había conformado con lo que tenía, con lo que era mi realidad.

El panorama era el siguiente: casi 27 años, soltera, con una profesión (Educadora), un trabajo estable en uno de los mejores colegios de Caracas y ajena, en el sentido literal de la palabra, a muchas de las penurias por las que, ya en ese entonces, pasaban la mayoría de mis coterráneos. Sin mayor posibilidad económica de independencia, me sentía tranquila y segura en la que siempre había sido mi casa  -la casa de mi mamá, realmente-, no cargaba mayor preocupación a cuestas. Además, me hacía profundamente feliz dar clases y contrario a lo que la mayoría suele pensar acerca de mi profesión, la valoro, disfruto ejercerla y la volvería a elegir.

Aunque por mucho tiempo todo engranaba, el 2014 me miró a los ojos con el dedo índice levantado y ¡POW! Reventó mi burbuja. En pocos meses, muchas de las personas que se habían vuelto importantes en mi vida, empezaban a desaparecer, al menos físicamente, de mi entorno. Ese año, luego de las protestas y las guarimbas, se recrudeció el tema migratorio y esta vez tomó partido en mi círculo inmediato: los primeros fueron mi hermano y su familia, después mis amigos de colegio, algunos de la universidad y varios exalumnos. A todos los despedí con la esperanza de otro abrazo y más sonrisas y en medio de esa agria contradicción entre la alegría de saber que estarán mejor a donde van y al mismo tiempo, la sensación de vacío por la falta que me harían.

Hoy sé que la tristeza que prosiguió a tantas despedidas, quizá pudo ser más que sólo tristeza, si tomo en cuenta que, en general, casi siempre estaba desanimada, no quería salir, se me extraviaron la dulzura y la empatía, me aislé, y sólo encontraba refugio en el trabajo. No se me hizo necesario ir a un psicólogo, hasta que la -adorada- orientadora de “mis niñitos” en el colegio, me preguntó si todo andaba bien y yo sólo me eché a llorar. Nunca busqué apoyo adicional, más que las esporádicas conversaciones que tuve con ella. ¡Gracias mi querida Ruka!

Si te preguntas cuál es la finalidad de toda esta historia, pues es que en medio de tantas emociones, “algo hizo clic” y el engranaje dejó de funcionar. Así de simple. Ya no andaba más. Estaba como atascado. Fue ahí cuando entendí que, aunque no supiera qué estaba buscando, no podía quedarme parada sino que tenía que actuar, porque como dijo Einstein: "Si quieres resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Tenía que hacer ajustes y fue así como, sin saberlo y -casi- sin buscarlo, llegué al camino de la búsqueda interna y el primer paso fue: el Yoga.

Y empezó la travesía…



Moni

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